La casa rota
Hundió con fuerza el rostro aturdido y congestionado contra la almohada al escuchar llegar a su padre que se sentó a oscuras cerca de su cama sin notar su presencia; inerte, y en realidad todo ausente, su figura, su contorno en la oscuridad era la de un hombre que lo había tenido todo, cuyas pupilas brillaban porque los ojos que las contenían siempre brillaban y tal vez lloraban, tal era el brillo siempre en sus ojos. En ese momento, quien tenía la cabeza reclinada contra la almohada, el hijo, lloraba, tal vez acaso reencarnaba el dolor de una madre. Solo lloraban, padre e hijo, juntos pero distantes, en aquella casa rota de un alma alegre pero errante, queriendo olvidar el recuerdo de la fría oscuridad de un nicho que los separaba, y en el medio, la oscuridad que a ambos separaba era solo el reducto final de una epopeya yacente en la almohada del hijo; y allí ya estaba la derrota, al fin, los dos yacían con los recuerdos hechos cenizas.